Hace algún tiempo empecé a hacerme una pregunta cada vez que camino por una ciudad.
No tiene que ver con sus edificios.
Ni con cuánto cuesta el metro cuadrado.
Ni siquiera con cuántos restaurantes, centros comerciales o proyectos inmobiliarios tiene.
Es mucho más sencilla:
¿Qué hago cuando termino aquello que vine a hacer?
Pensemos por un momento que salimos a almorzar.
Llegamos al restaurante. Comemos. Conversamos. Pagamos la cuenta.
Y salimos.
En algunas ciudades, ahí empieza otra parte del día.
Caminamos.
Encontramos una plaza.
Nos detenemos frente a una tienda.
Tomamos un café.
Descubrimos una calle que no conocíamos.
Nos sentamos.
Seguimos caminando.
La ciudad empieza a ofrecernos pequeñas razones para quedarnos.
Pero en otras ciudades ocurre exactamente lo contrario.
Salimos del restaurante.
Buscamos el auto.
Subimos.
Y nos vamos.
Comimos en la ciudad, pero prácticamente no vivimos la ciudad.
Y creo que esa diferencia debería preocuparnos mucho más de lo que parece.
Porque una ciudad puede estar llena de personas y, aun así, tener calles sin vida.
Podemos construir excelentes restaurantes.
Grandes centros comerciales.
Modernos edificios de oficinas.
Torres residenciales.
Hoteles.
Supermercados.
Incluso nuevas estaciones de transporte.
Y aun así fracasar en algo mucho más elemental:
Conseguir que las personas quieran permanecer afuera.
Porque una ciudad no cobra vida únicamente cuando tiene personas.
Cobra vida cuando esas personas encuentran razones para caminar, encontrarse, detenerse, comprar, conversar, observar o simplemente permanecer.
Y aquí es donde empiezo a cuestionar algunas de las decisiones que hemos tomado durante años.
¿Estamos diseñando lugares para vivir o destinos a los que simplemente llegamos y de los que después nos vamos?
Hagamos el viaje juntos.
Imaginemos que estamos en Madrid, Barcelona, Copenhague, Buenos Aires o en tantos lugares donde caminar forma parte de la experiencia urbana.
Terminamos de almorzar.
¿Qué tenemos alrededor?
Probablemente comercio.
Vivienda.
Cafés.
Servicios.
Árboles.
Plazas.
Transporte público.
Personas caminando.
Bancas.
Terrazas.
Actividades distintas ocurriendo simultáneamente.
No necesariamente necesitamos decidir qué hacer después.
La propia ciudad empieza a proponérnoslo.
Ahora cambiemos de escenario.
Estamos en Lima.
Salimos de un excelente restaurante.
¿Qué encontramos?
En demasiados lugares, una avenida difícil de cruzar.
Muros.
Rejas.
Estacionamientos.
Veredas estrechas o discontinuas.
Poca sombra.
Distancias que invitan más a subir al automóvil que a seguir caminando.
Y entonces hacemos lo que la ciudad prácticamente nos está pidiendo:
Nos vamos.
Ese comportamiento que muchas veces atribuimos exclusivamente a las personas quizá también sea consecuencia del lugar que construimos para ellas.
Tal vez el problema no sea que las personas no quieran caminar.
Tal vez deberíamos preguntarnos:
¿qué les hemos dado para que quieran hacerlo?
Durante décadas hemos pensado la ciudad como una suma de proyectos.
El desarrollador mira su terreno.
El retailer mira su tienda.
El restaurante mira su local.
El operador logístico mira su distribución.
El municipio mira la vía.
El transporte mira cómo mover pasajeros.
La vivienda mira cómo alojar residentes.
Cada uno puede estar tomando una decisión perfectamente razonable dentro de sus propios límites.
Pero la persona vive fuera de esos límites.
Sale del edificio.
Cruza la calle.
Camina hacia una tienda.
Busca transporte.
Va a trabajar.
Recoge a sus hijos.
Compra.
Come.
Regresa a casa.
Para ella no existen nuestras divisiones entre real estate, retail, movilidad, logística, vivienda y espacio público.
Existe una sola cosa: la ciudad.
Y quizá ahí esté uno de nuestros mayores errores.
Nos hemos preocupado muchísimo por conseguir que las personas lleguen.
Pero bastante menos por conseguir que quieran quedarse.
Construimos estacionamientos para que lleguen.
Vías para que lleguen.
Accesos para que lleguen.
Centros comerciales para que lleguen.
Restaurantes para que lleguen.
Proyectos inmobiliarios para que lleguen.
Pero ¿qué hemos construido entre todos esos destinos?
Porque precisamente entre un destino y otro es donde ocurre la ciudad.
La vereda.
La esquina.
El cruce.
La plaza.
La planta baja de un edificio.
La sombra de un árbol.
El comercio de proximidad.
La estación.
La banca donde alguien decide quedarse diez minutos más.
Esos espacios aparentemente secundarios pueden terminar determinando algo extraordinariamente importante:
Si una persona permanece o se marcha.
Y permanecer también tiene valor económico.
Esto no es solamente una discusión sobre calidad de vida.
También debería interesar a quienes desarrollamos, invertimos, operamos comercios o tomamos decisiones sobre dónde colocar capital.
Una persona que permanece camina.
Una persona que camina descubre.
Una persona que descubre puede entrar a una tienda, sentarse en un café, consumir un servicio o encontrarse con otra actividad que inicialmente no formaba parte de su viaje.
La ciudad empieza a generar interacciones que ningún proyecto aislado podría producir por sí solo.
Por eso quizá deberíamos incorporar una pregunta distinta cuando evaluamos una ubicación:
¿Cuánto tiempo quiere permanecer aquí una persona después de terminar aquello que vino a hacer?
Nunca he visto esa variable destacada en una ficha inmobiliaria.
Pero cada vez estoy más convencido de que deberíamos observarla.
Porque podemos seguir construyendo metros cuadrados sin construir ciudad.
Podemos tener edificios extraordinarios rodeados de calles que nadie quiere caminar.
Restaurantes llenos rodeados de veredas vacías.
Centros comerciales con miles de visitantes mientras afuera prácticamente desaparece la vida urbana.
Viviendas donde las personas viven, pero desde las que necesitan desplazarse para prácticamente todo.
Y entonces tendremos muchos destinos exitosos conectados por espacios que simplemente queremos atravesar lo más rápido posible.
Una ciudad donde llegamos, consumimos y nos vamos.
Quizá por eso, cuando regreso de algunas ciudades, muchas veces recuerdo tanto sus calles como sus edificios.
Recuerdo haber caminado.
Haberme detenido.
Haber descubierto algo que no estaba buscando.
Haber cambiado de ruta simplemente porque una calle parecía interesante.
Eso también es ciudad.
Y difícilmente aparece en un render.
Creo que quienes participamos de alguna manera en la construcción de nuestras ciudades —desarrolladores, arquitectos, retailers, inversionistas, operadores, autoridades y quienes planificamos infraestructura— deberíamos empezar a hacernos una pregunta antes de nuestra próxima decisión:
¿Estamos construyendo algo que solamente hará que las personas lleguen o estamos ayudando a construir un lugar donde también quieran quedarse?
Porque quizá el verdadero éxito de una ciudad no esté únicamente en cuántas personas logra atraer.
Sino en algo mucho más difícil:
Cuántas de ellas, cuando ya no tienen ninguna obligación de permanecer, deciden quedarse un poco más.



