En uno de mis viajes a París terminé caminando cerca del Sena.
Tenía varios lugares que quería conocer ese día y mi idea era seguir avanzando.
Pero en un momento me senté.
Solo unos minutos.
Eso pensé.
Bastante después seguía allí.
Y hubo un momento en el que dejé de mirar el río, los puentes y los edificios.
Empecé a mirar a las personas.
Algunas conversaban.
Otras leían.
Había quienes comían algo, quienes simplemente miraban pasar el río y personas que parecían haber convertido aquel lugar en parte de su rutina.
Nadie tenía obligación de quedarse.
Pero muchos lo hacían.
Y entonces apareció una pregunta que desde entonces intento hacerme cuando conozco un lugar nuevo:
¿qué tiene un espacio para conseguir que queramos permanecer?
Cuando llego a un lugar nuevo, ya no miro solo a quien camina
Durante muchos años, cuando observaba una zona, mi atención se iba naturalmente hacia el movimiento.
- Cuántas personas pasaban.
- Por dónde llegaban.
- Hacia dónde iban.
- Qué comercio había alrededor.
- Qué tan conectada estaba.
Todo eso sigue siendo importante.
Pero aquel día empecé a prestar atención a algo diferente:
a quienes no se estaban moviendo.
- Dónde se sentaban.
- Qué espacios quedaban vacíos.
- Dónde aparecían pequeños grupos.
- Qué recorridos se hacían lentamente.
- Dónde alguien se detenía sin necesidad de hacerlo.
Porque quizá las personas que permanecen también están contando una historia sobre ese lugar.
Llegar no significa querer quedarse
Seguramente también te ha pasado.
Llegas a un espacio arquitectónicamente espectacular.
- Lo recorres.
- Miras algunos detalles.
- Quizá tomas una fotografía.
- Y pocos minutos después sigues caminando.
No necesariamente hay nada malo en ese lugar.
Simplemente no encontraste demasiadas razones para permanecer.
Y después ocurre exactamente lo contrario.
Llegas a un sitio mucho más sencillo.
- Te sientas.
- Miras alrededor.
- Aparece un café.
- Alguien llega.
- Hay sombra.
- Actividad.
- Personas.
Y cuando vuelves a mirar la hora ha pasado bastante más tiempo del que imaginabas.
La diferencia no siempre está en el tamaño.
Ni en cuánto costó construirlo.
Ni siquiera en lo espectacular de su arquitectura.
A veces está en algo mucho más difícil de medir:
cómo te hace sentir estar allí.
Ahí el retail empieza a verse de otra manera
Mientras observaba a esas personas junto al Sena pensé en algo.
Muchos de los lugares que mejor funcionan no empiezan necesariamente pidiéndote que consumas.
Primero consiguen algo más difícil:
que quieras estar allí.
Y recién después aparecen el café, el restaurante, el comercio o cualquier otra actividad.
Eso no significa que toda persona que permanece vaya a comprar.
Sería demasiado simplista.
Lo interesante es que permanecer crea posibilidades.
- Tiempo para observar.
- Descubrir algo.
- Encontrarte con alguien.
- Sentarte.
- Volver.
Incorporar ese lugar a tu rutina.
Y para el retail, esa relación con el espacio puede ser tan importante como el tráfico que pasa frente a una puerta.
Para quienes desarrollamos, aparece otra pregunta
Cuando veo una plaza, un primer piso o un espacio común, cada vez me interesa menos saber solamente cuántas personas pueden atravesarlo.
También quiero saber:
¿por qué alguien decidiría quedarse allí?
Porque podemos diseñar circulaciones extraordinariamente eficientes.
Mover personas rápido.
Conectar accesos.
Optimizar recorridos.
Y aun así crear lugares donde nadie permanece más de lo necesario.
Una plaza puede verse extraordinaria en un render y permanecer vacía.
Un lobby puede tener materiales espectaculares y no invitar a quedarse.
Y un espacio aparentemente sencillo puede terminar lleno de personas conversando, trabajando, descansando o simplemente mirando pasar la ciudad.
Ahí el valor empieza a verse de otra manera.
Con el tiempo he empezado a observar otras cosas
Desde aquel día, cuando llego a una plaza o a un proyecto nuevo, antes de mirar únicamente cuántas personas caminan intento identificar algo mucho más sencillo:
Dónde están quienes no se están moviendo.
Miro dónde se sientan.
Qué espacios eligen.
Cuáles evitan.
Dónde permanecen solos.
Dónde se forman pequeños grupos.
Y, especialmente, observo a quienes podrían marcharse pero no lo hacen.
Porque esas personas pueden estar mostrando algo que un plano, una fotografía o incluso una estadística de tráfico no siempre consigue explicar.
Que ese lugar encontró una razón para formar parte de su tiempo.
Quizá ahí haya otra forma de entender el valor
No creo que debamos dejar de medir tráfico, ventas, rentas, ocupación o flujo.
Todo eso seguirá siendo importante.
Pero quizá podamos agregar una pregunta.
No solamente:
¿cuántas personas llegan?
También:
¿cuántas encuentran una razón para quedarse?
Porque hay lugares por los que miles de personas pasan todos los días y apenas recuerdan.
Y existen otros que terminan formando parte de sus encuentros, sus rutinas y hasta de sus recuerdos.
La diferencia puede estar en una sombra.
- Una banca.
- Un árbol.
- Una terraza.
- La escala.
- El ruido.
La mezcla correcta de actividades.
O simplemente en sentir que puedes estar allí sin que nadie te pida inmediatamente consumir algo.
Aquel día junto al Sena yo podía haber seguido caminando.
No lo hice.
Y eso es precisamente lo que hoy intento observar cuando conozco un espacio nuevo.
No solo quién llega.
No solo quién pasa.
También quién podría irse.
Pero decide quedarse.
¿Qué lugar recuerdas en el que pensabas estar unos minutos y terminaste quedándote mucho más tiempo?



