Hay ciudades donde puedes caminar veinte minutos sin darte cuenta.
Y hay otras donde después de cinco minutos ya estás pensando por qué no viniste en auto.
Durante mucho tiempo hemos pensado que eso depende principalmente de las personas.
Hoy creo que también deberíamos mirar la ciudad.
Porque muchas de las decisiones que creemos personales pueden haber comenzado mucho antes de que saliéramos de casa.
Una vereda estrecha.
Un cruce difícil.
Una calle sin árboles.
Una avenida pensada principalmente para los vehículos.
Por separado parecen pequeños detalles.
Juntos pueden terminar decidiendo cómo nos movemos.
Y aquí aparece algo que me parece especialmente interesante:
dos lugares pueden estar exactamente a 500 metros y sentirse completamente distintos.
Sobre un mapa, la distancia es idéntica.
Para quien la camina, no.
¿Qué puede hacer la diferencia?
La facilidad para caminar. No basta con tener veredas. Importan su ancho, continuidad, accesibilidad y la facilidad para cruzar una calle sin convertir cada intersección en un obstáculo.
La sombra y el confort. Con temperaturas cada vez más altas, árboles, vegetación y sombra están dejando de ser elementos decorativos. Pueden determinar si caminar sigue siendo una alternativa.
Lo que ocurre durante el recorrido. Comercio, servicios, fachadas activas, espacios públicos y personas hacen que 500 metros puedan sentirse mucho más cortos.
La conexión con el transporte público. Una estación de metro puede estar muy cerca sobre el plano y muy lejos en la experiencia cotidiana si llegar hasta ella resulta difícil.
La posibilidad de permanecer. Una buena ciudad no solamente permite que las personas pasen. También crea razones para quedarse, encontrarse, comprar, descansar y vivirla.
Y cuando todas estas condiciones empiezan a encontrarse en un mismo lugar ocurre algo que me parece todavía más interesante.
Las personas caminan más.
Permanecen más.
Aparecen comercios y servicios.
Se generan nuevos flujos.
Algunos lugares empiezan a convertirse en centralidades.
Y con el tiempo también puede cambiar el valor de ese entorno.
Por eso creo que esta conversación no debería interesar únicamente a urbanistas o arquitectos.
También debería interesarnos a quienes desarrollamos, invertimos, operamos comercios, construimos infraestructura o intentamos anticipar hacia dónde crecerá una ciudad.
Porque podemos construir:
un excelente edificio
una gran tienda
una estación de metro
un desarrollo de uso mixto
Pero la experiencia de quien llega hasta ellos comienza mucho antes de atravesar la puerta.
Quizás por eso una parte del valor de un inmueble no está dentro del inmueble.
Está:
en la calle que lo conecta
en la sombra que acompaña el recorrido
en el comercio y los servicios cercanos
en el espacio público
en la facilidad para caminar
en su conexión con el transporte público
Durante décadas hemos dedicado enormes esfuerzos a conseguir que las personas puedan atravesar nuestras ciudades cada vez más rápido.
Quizás deberíamos empezar a hacernos otra pregunta:
¿Estamos construyendo ciudades que las personas solamente quieran atravesar o lugares donde también quieran caminar, permanecer y vivir?



