Podemos invertir millones en un proyecto de uso mixto y terminar construyendo varios mundos que nunca se encuentran.
Una entrada para vivir, otra para trabajar, otra para comprar y otra para estacionar.
Todo funciona.
Todo está correctamente resuelto.
Pero casi nada se relaciona.
Y ahí aparece una pregunta que cada vez me interesa más:
¿En qué momento un edificio deja de ser solamente un edificio y empieza realmente a convertirse en ciudad?
Durante mucho tiempo hemos evaluado los proyectos mirando hacia adentro: metros cuadrados, unidades, retail, rentabilidad, capacidad de construcción.
Todo eso importa.
Pero cada vez me interesa más otra cosa:
Qué ocurre exactamente en el punto donde el proyecto toca la ciudad.
Porque es ahí donde muchas veces se define si estamos construyendo una pieza urbana o simplemente un objeto aislado.
Mezclar usos no basta
Podemos reunir vivienda, oficinas, comercio y servicios dentro del mismo terreno.
Pero la ciudad empieza a aparecer cuando esas actividades empiezan a encontrarse.
Cuando quien vive allí compra abajo.
Cuando quien trabaja allí almuerza cerca.
Cuando alguien que no vive ni trabaja en el proyecto tiene una razón para entrar, atravesarlo o quedarse.
Cuando la planta baja deja de ser solamente el primer piso del edificio y empieza a comportarse como una continuación de la calle.
Por eso últimamente intento mirar los proyectos desde otro lugar:
Desde la vereda de enfrente.
No desde el render.
No desde la cabida.
No desde la planta.
Desde afuera.
Y ahí empiezo a hacerme tres preguntas:
- ¿Por qué llegaría alguien? Para vivir, trabajar, comprar, comer, encontrarse o simplemente pasar.
- ¿Por qué se quedaría? Una cosa es medir cuántas personas atraviesan un lugar y otra muy distinta observar cuántas deciden permanecer.
- ¿Qué le estamos devolviendo a la ciudad? Una mejor vereda, sombra, comercio, recorridos, lugares donde sentarse, conexiones más claras y una operación logística que funcione sin invadir el espacio de las personas.
Esa última pregunta me parece cada vez más importante.
Porque durante años nos hemos acostumbrado a pensar cuánto valor puede extraer un proyecto de una ubicación.
Tal vez deberíamos preguntarnos también cuánto valor puede devolverle.
Y ahí aparece algo que muchas veces olvidamos.
El usuario no vive arquitectura por un lado, urbanismo por otro, retail por otro, movilidad por otro y logística por otro.
Lo vive todo al mismo tiempo.
Por eso hay una idea que cada vez me resulta más difícil ignorar:
Mezclar usos ocupa metros cuadrados. Mezclar vidas empieza a crear ciudad.
Y quizá ese sea el aprendizaje más simple que me llevo de todo esto:
antes de preguntarnos cuánto podemos construir dentro de un lote, vale la pena mirar tres cosas:
Por qué llegaría una persona, qué la haría quedarse y qué recibe la ciudad a cambio.
Porque quizá un edificio empieza realmente a convertirse en ciudad cuando deja de pensar solamente en lo que contiene...
y empieza también a pensar en lo que conecta.
¿Qué creen ustedes que debería devolverle un proyecto a la ciudad, además de metros cuadrados?



