Cada vez estoy más convencido de que una ciudad no se construye cuando comienza una obra.
Se construye mucho antes.
Se construye cada vez que aprobamos una zonificación, definimos una norma, trazamos una nueva vía, ubicamos una estación de transporte, autorizamos un proyecto o decidimos dónde podrá vivir, trabajar o emprender una familia durante las próximas décadas.
Y quizá ahí esté uno de los mayores problemas que enfrentan hoy muchas ciudades.
No estamos tomando malas decisiones porque falten recursos o porque no existan buenas ideas.
Estamos tomando decisiones de manera aislada.
Seguimos hablando:
De la vivienda como si no tuviera relación con el transporte.
Del transporte como si no influyera en el desarrollo económico.
Del comercio como si no dependiera del espacio público.
De la logística como si no formara parte de la planificación urbana.
Y del urbanismo como si fuera una conversación exclusiva de arquitectos y planificadores.
La ciudad, en cambio, funciona exactamente al revés.
Todo está conectado.
Cada decisión modifica muchas otras.
Cuando aprobamos un nuevo desarrollo urbano, no solo estamos construyendo viviendas.
También estamos definiendo:
Cuánto tiempo pasarán las personas desplazándose cada día.
Cómo accederán al empleo.
Dónde surgirán nuevos comercios y servicios.
Qué infraestructura será necesaria para sostener ese crecimiento.
Y, en gran medida, la calidad de vida que tendrá esa comunidad durante los próximos años.
Por eso creo que el debate no debería centrarse únicamente en cuánto estamos construyendo.
La verdadera pregunta es si estamos construyendo una ciudad que funcione mejor.
Durante muchos años hemos asociado el crecimiento urbano con construir más.
Más edificios.
Más carreteras.
Más estacionamientos.
Más expansión.
Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos si cada una de esas inversiones responde a una misma visión de ciudad.
Porque construir más no siempre significa construir mejor.
Una ciudad puede:
Aumentar su densidad y, al mismo tiempo, empeorar la congestión.
Desarrollar miles de viviendas y seguir alejando a las personas de sus oportunidades.
Inaugurar nuevas infraestructuras y continuar obligando a millones de ciudadanos a depender del automóvil para resolver su vida cotidiana.
El problema no es la densidad.
El problema es densificar sin crear ciudad.
Una buena ciudad no acerca únicamente edificios.
Acerca:
Personas.
Empleo.
Comercio.
Educación.
Salud.
Espacios públicos.
Movilidad.
Oportunidades.
Cada vez que una decisión urbana se toma de forma aislada, el problema no aparece de inmediato.
Aparece años después.
Cuando una familia necesita recorrer dos horas para llegar a su trabajo.
Cuando un nuevo barrio nace sin los servicios que necesita.
Cuando una estación de transporte termina rodeada de espacios que nunca fueron pensados para aprovechar todo su potencial.
O cuando seguimos invirtiendo millones para corregir problemas que, en realidad, comenzaron con una decisión tomada mucho tiempo atrás.
Quizá por eso muchas veces creemos que el problema está en la infraestructura.
Sin embargo, la infraestructura casi nunca es el verdadero problema.
Es simplemente el resultado de una decisión tomada años atrás.
Y esa reflexión me lleva a una pregunta que considero mucho más importante que discutir cuántos proyectos deberíamos construir.
¿Estamos tomando hoy las decisiones que permitirán construir una mejor ciudad dentro de veinte años?
Porque las ciudades no son el resultado de los edificios que levantamos.
Son el resultado de las decisiones que tomamos mucho antes de construirlos.
Y tal vez haya llegado el momento de dejar de evaluar únicamente los proyectos y empezar a evaluar, con la misma exigencia, las decisiones que los hacen posibles.
Estoy convencido de que ahí comienza la verdadera transformación urbana.



