Durante años hemos hablado del crecimiento urbano como si fuera el gran desafío de nuestro tiempo.
Yo creo que no lo es.
Las ciudades seguirán creciendo.
La población seguirá aumentando.
La demanda de vivienda continuará.
Se construirán nuevas infraestructuras.
Llegarán nuevas inversiones.
Todo eso va a ocurrir.
La verdadera pregunta es otra.
¿Cómo pueden seguir creciendo las ciudades sin repetir un modelo que consume suelo, multiplica desplazamientos, concentra oportunidades y aumenta su vulnerabilidad climática?
Porque ese modelo ya nos mostró sus límites.
Durante décadas construimos ciudades donde cada necesidad implicaba un nuevo desplazamiento.
Vivíamos en un lugar.
Trabajábamos en otro.
Estudiábamos en otro.
Comprábamos en otro.
Y para casi todo... necesitábamos movernos.
Mientras tanto:
Consumimos cada vez más suelo.
Impermeabilizamos grandes superficies de la ciudad.
Reducimos áreas verdes.
Ocupamos zonas vulnerables.
Aumentamos la presión sobre infraestructuras que nunca fueron diseñadas para crecer al ritmo de nuestras ciudades.
Hoy empezamos a ver las consecuencias.
Más congestión.
Más tiempo perdido.
Más emisiones.
Más inundaciones.
Más olas de calor.
Más desigualdad en el acceso a oportunidades.
Pero creo que el problema nunca fue el crecimiento.
El problema fue la forma en que decidimos crecer.
Las ciudades más interesantes del mundo están empezando a demostrar que existe otra manera de hacerlo.
Una donde el transporte público y el desarrollo urbano se planifican juntos.
Donde el espacio público no solo conecta personas.
También ayuda a gestionar el agua, reducir la temperatura y mejorar la calidad de vida.
Donde la naturaleza deja de verse como un elemento decorativo para convertirse en infraestructura.
Y donde cada nuevo proyecto intenta resolver varios desafíos al mismo tiempo, en lugar de crear otros nuevos.
Creo que ahí está el verdadero cambio de paradigma.
La sostenibilidad no consiste únicamente en construir edificios más eficientes.
Consiste en construir ciudades que funcionen mejor.
Ciudades donde:
una mejor movilidad reduzca la necesidad de desplazarse.
un parque también ayude a gestionar el agua de lluvia.
una calle invite a caminar y, al mismo tiempo, haga más resiliente al barrio.
cada nuevo proyecto mejore la ciudad, en lugar de aumentar la presión sobre ella.
Una ciudad sostenible no es la que deja de crecer.
Es la que consigue que cada etapa de su crecimiento mejore la vida de quienes la habitan.
Porque las ciudades van a seguir creciendo.
La diferencia estará en si ese crecimiento nos acerca a una mejor ciudad...o simplemente amplía los problemas que todavía no hemos aprendido a resolver.
Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos cuánto puede crecer una ciudad y empezar a preguntarnos qué tipo de vida queremos que haga posible esa ciudad.
Y quizá haya una pregunta aún más importante.
¿Estamos haciendo crecer nuestras ciudades... o simplemente las estamos haciendo más grandes?
¿Tú crees que nuestras ciudades están preparadas para seguir creciendo o todavía seguimos utilizando un modelo pensado para el siglo pasado?



